jueves, 15 de febrero de 2018

El Buscador III

Una tarde de otoño se situó en su silla reclinada, se acomodó los lentes, destapó el bolígrafo y comenzó su escritura:

Se hizo valer de su linaje, su sangre y su apellido. Joan Wilhelm Bøkgaard nació en un mundo rodeado de libros. Se empapó de lecturas y más lecturas. Refugiado en una pequeña granja al norte de Noruega, en aquellos campos desolados y distantes. Su padre era el único bibliotecario del pueblo y siempre se lo podía encontrar colgado de alguna estantería husmeando libros. Allí tenía todo lo que necesitaba.” (p. 1)

Así introducía a este misterioso personaje en aquella aleación de reseña y trama biográfica. Recorriendo ese mundo de letras y símbolos, junto con sus principales influencias. Un camino que iniciaba por escritores de la literatura universal como Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Victor Hugo y Dante. Su temprana curiosidad por filósofos como Nietzsche, Sartre, Descartes, Schopenhauer, Heidegger, Hume, Derrida o Vattimo. Pensadores como Séneca, Foucault, Camus, San Agustín y Valéry. Compartiendo su vida con Cortázar, Sábato, Marechal y Borges. A raíz de estas influencias literarias, la muerte, el destino, el tiempo, la verdad, la existencia, la identidad, el lenguaje, el caos y el arte fueron los hilos que atravesaron sus obras, sin perder la riqueza de la cotidianeidad y lo absurdo.

....Bøkgaard se jactó de haber leído miles de libros, cuando dicen que solamente uno poseyó en sus manos. Tal vez sentía que en cada abrir uno nuevo era. Las palabras impresas no eran las que cambiaban. Era él, era su lectura, su interpretación, su percepción.” (p. 2)

Heráclito y el río cambiante, el devenir constante. El sentido de la escritura y la (de)construcción de sentido. Jerónimo Giantino dice a través de Agustín Cuore que un libro en un estante no es más que un cúmulo de hojas unidas por vaya a saber uno qué misterioso pegamento; “sólo es literatura cuando se lo lee”. La obra es tal en tanto abierta al lector, en un acto co-creador con su escritor que, en ese instante, deja de ser el único autor.
No dudó en repasar los libros que tal vez le valieron el renombre: El círculo hermenéutico, una novela que pone en jaque la idea del conocimiento y la erudición, la verdad y las interpretaciones, el sentido común, y la influencia de la literatura en la idiosincrasia de una sociedad. También Ficciones Filosóficas, aquel compilado de textos en forma de ensayos que también fue editado bajo otro título: Relatos Filosóficos. En dicha obra se encuentran diversos escritos de ficción, relatos, donde, a su vez, aparecen ideas filosóficas originales y de las otras.

Bøkgaard siempre se nutrió de aquella delgada línea entre la realidad y la ficción. Decía que la ficción desconoce la verdad y la mentira. Que somos un puñado de contingencias. Todo a su alrededor era susceptible de ser transformado en un relato. Siempre llevaba un anotador en su mano y siempre estaba al acecho. Sus textos mantienen esa marca impresa.” (p. 2)

Siguiendo su camino se detuvo a repasar su libro iniciático: Crónicas de J. W. Bøkgaard, donde aparecen sus primeros cuentos que con el pasar el tiempo se iban a transformar en históricos y memorables. Es el caso de escritos tales como “El eterno”, “El filósofo que quería ser existencialista” o “Un cuadro en la pared”. También encontramos ensayos ficcionales como “Predicciones I” y “La escritura, la inspiración y otras yerbas”, en el cual expone su camino como escritor y lo que eso conlleva.

En este primer libro se vio reflejada una mezcla de situaciones y sensaciones que se repetirían a lo largo de los años en otras de sus obras. Podemos recorrer una serie de cuentos con tinte satírico, tales como “Eso de escribir”, “Predicciones II” y “Catálogo de artistas”. Textos que se arman de la exageración y la desacomodación lúdica de lo cotidiano como “Culicidae: Sanguinem sitienti”, “La venus de Milo” y “Análisis de frases”. O se puede degustar cuentos con un tono de seriedad y profundidad que se insertan en la naturaleza humana como “El pozo”, “Ser y Tiempo” o “El soldado y la guerra”. Esa gama de diversidades características de Bøkgaard, fue su carta de presentación para el mundo literario.” (p. 4)

También exploró su pública y reconocida amistad con Antonio Nikolas, el afamado crítico socio-cultural, a quién no sólo veía como su excéntrico profesor en la Universidad de Friburgo sino como aquel mentor y colega de intrincados, inconducentes y cordiales debates que podían vestirse de ideas. Un “perpetuo colaborador implícito”, como solía decir.
Finalmente se vio sumido en la incógnita sobre la manera en que debía culminar su texto; cuál sería su final. Él se sentía otra persona al impregnar cada palabra en la hoja, se situaba en la piel de su personaje, vivía su vida. Era todo un escritor profesional y reconocido. Con su basto y extenuante catálogo de trabajos.

"Al día de hoy, poco se sabe de Joan Wilhelm Bøkgaard. Muchas voces son las que dicen que sigue refugiado en su cálido aposento. En aquella habitación crepuscular. Algo descuidada y desordenada. Desbordada de manuscritos, hojas y libros. Cuando no está leyendo, está escribiendo. O acaso leer y escribir sean lo mismo."

La veracidad de la biografía publicada aún sigue siendo temática de grandes debates historiográficos entre numerosos críticos.

jueves, 1 de febrero de 2018

El Buscador II


Una página lo llevaba a la otra, un párrafo al otro, un cuento al siguiente. Tuvo que obligarse a detener su lectura. No sabía a qué hora había subido ni tampoco a qué hora iba a bajar. ¿Qué significaban aquellos papeles que tenía por delante? Esos papiros con símbolos escritos a puño, rodeados de garabatos y amurallados con anotaciones. Cubiertos de polvo. Algunos estaban firmados por un tal Jerónimo Giantino, otros por un tal L. S. Markieff. En algunos se entremezclaban dos tipos de letra diferentes. Había un poco de todo: ensayos, cuentos fantásticos, cuentos realistas, crónicas humorísticas. Había incluso varios relatos inacabados.

Se preguntó por el origen de aquel universo de letras. Inútilmente intentó rastrear los textos; nada salía a la vista. Un pensamiento lo acechó: pertenecían a los antiguos propietarios de su actual morada. Escritores desconocidos, nóveles y entusiastas. Lo que yacía en sus pegajosas manos eran escritos inéditos.

Crónicas de Bøkgaard

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